Si hay un sonido que se repite con frecuencia en mi día a día ese es el de mi respiración. Es un sonido que, en ocasiones, me obsesiona y me agobia tanto que intento ocultar o "enviar a un segundo plano" sólo para evitar pensar en cómo voy, a qué ritmo o cuánto me queda para terminar. Este sonido dice tantas cosas de mí que incluso he sentido que me persigue pues, en contra de mi voluntad, he estado obligada a prestarle atención. Porque me conviene. Porque el atletismo lo exige; es muy aconsejable para acostumbrarse a escucharse a uno mismo y a los demás.
Quien me conoce un poquito sabe lo difícil que es para mí estar callada y tranquila. Y quien me conoce algo más sabe también que la droga que me amansa es el atletismo. Es cuando corro cuando realmente desconecto del mundo, me callo, escucho y conecto con la parte de mí que a menudo descuido: la más espiritual, por decirlo de algún modo. Es difícil de explicar con palabras y muy fácil de ver en la práctica, pero, en resumen, cuando corro aumenta mi sensibilidad; percibo lo que me rodea con más intensidad y entro en una especie de trance. He crecido escuchando sin cesar mi respiración y mis pulsaciones...tratando de controlarlas, de sincronizarlas y también de mutearlas para que no afecten a mi estado anímico-mental, sobre todo en competición, momento el que se pone más a prueba la fuerza mental.
Por tanto, ya he explicado el por qué de las respiraciones de mi autorretrato: se corresponden con los sonidos que emito cuando salgo a correr. Al inicio se escucha la puerta de mi casa, mis rápidos pasos por el pasillo del portal y el pitido del botón "start" del reloj. Después, a lo largo de los dos minutos, distintos sonidos ambiente de la calle se suman a mis jadeos, al bote de la cadena que llevo al cuello y a mis pasos en diferentes terrenos (asfalto, gravilla y tartán-material técnico de las pistas de atletismo).
Por encima de todo esto, destacan diferentes canciones. En común tienen que son canciones que me recuerdan a los primeros meses de mi Erasmus en Belfast (Irlanda del Norte). En orden cronológico, la primera que se escucha es "Blurred lines", el tema que escogió mi equipo de la asignatura de Video para montar nuestro proyecto final. La segunda es "Wake me up", un tema que estaba muy de moda el año pasado por estas fechas. Hay un fragmento de la canción original que da paso o enlaza con una versión callejera que escuché la primera semana de septiembre, cuando estaba recién llegada a Belfast. La tercera y última canción, "One" es la más especial. Esta vez se invierte el orden de los trozos 'en vivo' y 'grabados' de tal forma que este romántico clasicazo de la banda irlandesa U2 es en primer lugar interpretado por unas estrellas anónimas de las que tanto abundan en los pubs de Dublín.
Aún faltan dos elementos simbólicos por comentar muy vinculados con la evocación de mi Erasmus, periodo que tengo actualmente muy presente por ser el aniversario de mi partida. La frase en inglés "God, grant me the Serenity to accept the things I cannot change, the Courage to change the things I can, and the Wisdom to know the difference" es la inscripción del colgante que llevo puesto desde el principio de curso. El colgante fue un regalo de un gran amigo mio, que también le puso música a mi Erasmus. Él sabe un poco de sacrificio, de deporte, de fracasos y victorias...de la vida. Además, es una de las personas que posee la fórmula para, pese a todo, ser feliz. La lluvia del final cierra la composición retrotrayéndome nuevamente a Irlanda, el lugar que, al igual que Asturias y que Madrid de unos años a esta parte, puedo contar entre mis hogares o refugios del mundo.
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